La Marbella de 1974 vivía entre dos mundos: el de las barcas de pesca y las calles encaladas, y el de los grandes hoteles, los yates y una nueva sociedad internacional que estaba transformando para siempre la Costa del Sol.
Cuando Marbella todavía era un pueblo
En el verano de 1974, Marbella estaba aprendiendo a convertirse en una ciudad sin haber dejado de ser un pueblo.
Por las mañanas, el mar seguía devolviendo las barcas de pesca. En las calles del casco antiguo, las mujeres hacían la compra, los vecinos se detenían a conversar y los niños jugaban bajo las fachadas encaladas.
Los vecinos se acomodaban en la terraza de la churrería Ramón para desayunar tejeringos.



La vida transcurría todavía al ritmo de las estaciones, de las fiestas y de las pequeñas costumbres que habían sobrevivido durante generaciones.
Pero bastaba alejarse unos kilómetros para descubrir otra Marbella.
En los jardines de los hoteles se hablaban varios idiomas. La Milla de Oro se poblaba de casas de lujo. Los automóviles muy grandes, ostentosos, a los que los del lugar llamaban "haigas" circulaban por carreteras que pocos años antes atravesaban huertas, pinares y terrenos agrícolas. Nuevas urbanizaciones anunciaban viviendas frente al mar, campos de golf y una forma de vida que parecía llegada de las revistas internacionales.
El pueblo de pescadores y agricultores convivía con un destino turístico cada vez más exclusivo.
Ambas Marbellas existían al mismo tiempo. A veces se cruzaban en una misma calle, en una playa o en la terraza de un café. Otras parecían pertenecer a mundos separados.
Y esa convivencia, fascinante y contradictoria, estaba cambiando la ciudad.
El nacimiento de un pequeño paraíso internacional
La transformación había comenzado mucho antes.
En 1954, el príncipe Alfonso de Hohenlohe inauguró el Marbella Club, un establecimiento que nació de la adaptación de una finca familiar. Aquel proyecto contribuyó a situar Marbella en el mapa de la aristocracia europea, los empresarios y las figuras del cine.
El Rey Fahd de Arabia Saudí descubrió Marbella de la mano de magnates como Adnan Khashoggi. Quedó tan prendado de la ciudad que mandó construir el Palacio Mar-Mar (una réplica de la Casa Blanca). Llegaba con un séquito de 3.000 personas, 200 Mercedes, helicópteros, aviones y un ejército de guardaespaldas. El dictador Fulgencio Batista: El derrocado presidente de Cuba vivió sus últimos años exiliado en España y falleció en Guadalmina (Marbella)
Alfonso de Hohenlohe y la familia Von Bismarck ostentaban fuertes vínculos dinásticos y políticos en Europa, atrayendo a diplomáticos de todo el mundo hacia la localidad.
Don Rodrigo Bocanegra, famoso arcipreste de Marbella, actuaba como mediador entre el Ayuntamiento, el régimen de Franco y los multimillonarios extranjeros.
Edgar Neville, los Thyssen-Bornemisza, la familia Bismarck o Jaime de Mora y Aragón.
Lo que inicialmente había sido un refugio mediterráneo terminó convirtiéndose en uno de los símbolos del turismo de lujo español.



Durante los años sesenta llegaron nuevos hoteles, restaurantes y urbanizaciones. El Don Pepe, inaugurado en 1964, introdujo una escala hotelera diferente, mientras se multiplicaban los complejos residenciales destinados a una clientela nacional e internacional.
La construcción empezó a transformar la economía local. Llegaron trabajadores de otros municipios, surgieron barrios y crecieron las necesidades de servicios, viviendas y equipamientos.
Los cambios pueden medirse en cifras. Según los datos históricos recogidos en el planeamiento urbanístico de Marbella, la población censada pasó de unos 12.000 habitantes en 1960 a más de 33.000 en 1970.
La ciudad había crecido extraordinariamente en apenas una década.
Y todavía quedaba mucho por construir.
Puerto Banús: el lujo encontró su escaparate


El 18 de mayo de 1970 se inauguró oficialmente Puerto Banús, el gran proyecto turístico impulsado por José Banús. Su diseño, inspirado en la arquitectura mediterránea, reunía un puerto deportivo, establecimientos comerciales y espacios residenciales concebidos para atraer a una clientela de gran poder adquisitivo.
Pero la verdadera presentación ante la sociedad internacional llegó el 2 de agosto, con una fiesta que reunió a unas 1.700 personas. Entre ellas figuraban Rainiero y Grace de Mónaco, el Aga Khan y numerosas personalidades internacionales. Un joven Julio Iglesias puso música a aquella celebración que parecía anunciar una nueva época.
Las imágenes de los yates, las fiestas y los personajes famosos recorrieron la prensa.

Puerto Banús se convirtió rápidamente en el escaparate de una Marbella que comenzaba a competir con los destinos más exclusivos del Mediterráneo.
Pero mientras los visitantes admiraban los barcos amarrados en los pantalanes, en otras zonas del municipio seguían saliendo al mar embarcaciones mucho más modestas, tripuladas por hombres que vivían de lo que sus redes consiguieran traer a tierra.
En una misma costa convivían el lujo y la necesidad.
La Marbella que no aparecía en las revistas
Las fotografías de las celebridades han construido buena parte de la memoria pública de aquella época. Sin embargo, la transformación de Marbella tuvo otros protagonistas menos conocidos.
Albañiles, camareros, cocineras, pescadores, jardineros, dependientes, taxistas y empleados de hotel hicieron posible el crecimiento turístico.
Muchas familias encontraron nuevas oportunidades laborales. Otras tuvieron que adaptarse a una ciudad donde aumentaban las construcciones, el tráfico y el valor del suelo.
El turismo aportó prosperidad, pero también transformó el paisaje y las relaciones sociales.
Las antiguas fincas se dividían en parcelas. Aparecían carreteras, apartamentos y urbanizaciones donde antes había cultivos o espacios abiertos. El litoral comenzaba a cambiar de aspecto y el crecimiento urbano avanzaba con una rapidez difícil de imaginar pocos años atrás.
No todo era lujo. Tampoco todo era pobreza.
Había pequeños empresarios que prosperaban, trabajadores que mejoraban sus condiciones de vida, familias que vendieron un terrenito y sacaron pequeñas fortunas y familias que contemplaban con desconcierto cómo desaparecían lugares conocidos desde la infancia.
La nueva Marbella ofrecía posibilidades, pero también exigía renuncias.
Quizá esa sea una de las características más interesantes de los años setenta: la sensación de estar viviendo un tiempo de oportunidades sin saber todavía cuál sería su precio.
1974: un verano entre dos épocas


En 1974, España continuaba bajo la dictadura de Francisco Franco. El país había experimentado un importante desarrollo económico, pero la apertura turística no había venido acompañada de una transformación equivalente de sus libertades políticas.
En la Costa del Sol, esa contradicción resultaba especialmente visible.
Los visitantes extranjeros llegaban de sociedades con costumbres y formas de vida diferentes. En las playas se escuchaban idiomas de media Europa, mientras la población española seguía sometida a las restricciones políticas y sociales del régimen.
El turismo acercaba otros mundos, aunque las fronteras entre unos y otros no siempre fueran fáciles de atravesar.
Marbella era un lugar privilegiado para observar aquellas contradicciones.
Por un lado, los hoteles internacionales, los automóviles descapotables, las fiestas y los nuevos hábitos de consumo. Por otro, las familias trabajadoras, las tradiciones del pueblo y una sociedad que aún conservaba muchas de las costumbres de décadas anteriores.
En los veranos, las playas se llenaban de visitantes, familias con niños, vendedores ambulantes y jóvenes que buscaban diversión junto al mar. Los del lugar presenciaban a las "suecas" tomar el sol en bikini en las playas.
Los campings ofrecían una alternativa más sencilla y económica a los grandes hoteles. En ellos convivían familias españolas y turistas extranjeros, entre tiendas de campaña, caravanas y pequeños bungalós. El Camping Marbella 191 fue el símbolo de la Marbella de los inicios del turismo. Sus bungalows, su playa alejada de la ciudad. Era otro modo de disfrutar de aquel paraíso mediterráneo: menos sofisticado, quizá, pero también más cercano y familiar.
El mar que lo contemplaba todo
Hay lugares que cambian hasta hacerse irreconocibles. Otros conservan algo que parece resistirse al paso del tiempo.
El mar de Marbella pertenece a estos últimos.
Las construcciones modificaron el paisaje, aparecieron nuevos paseos marítimos y muchas playas dejaron de parecerse a las de nuestra infancia.
Pero el Mediterráneo siguió llegando a la orilla con la misma indiferencia.
Las olas no distinguían entre el propietario de un yate y el pescador que remendaba sus redes. Tampoco sabían nada de las historias que comenzaban o terminaban frente a ellas.
Aquel contraste entre la transformación de la ciudad y la permanencia del mar ofrece un escenario extraordinario para la literatura.
Porque detrás de las fotografías de los hoteles, las fiestas y las embarcaciones había personas con vidas mucho menos visibles: familias, amores, ambiciones, pérdidas y secretos que nunca ocuparon una página de periódico.
La historia recoge los acontecimientos que podemos documentar. La ficción puede imaginar lo que ocurrió en sus márgenes.
Una desaparición en el verano de 1974
Hace años, cuando empecé a escribir Marbella 191. Te recuerdo Amanda, regresé literariamente a aquel escenario.
Las ruinas de aquel camping junto al mar, una familia que disfrutaba de sus vacaciones y una niña de seis años que desaparecía durante una noche de verano.
La Marbella histórica ofrecía el paisaje. La ficción construyó los personajes y sus destinos.
Amanda desapareció en junio de 1974, precisamente cuando aquella ciudad de dos mundos estaba transformándose a una velocidad extraordinaria.
Durante mucho tiempo pensé que la historia terminaba allí, con la ausencia de una niña y una familia condenada a recordarla.
Pero hay personajes que se resisten a desaparecer cuando escribimos la última página. Y Amanda era uno de ellos.
Muy pronto volveré a hablaros de ella.
